Por Esther Gordon
Vivimos en una sociedad que todavía no sabe reconocer ni proteger bien la diversidad. Esta ceguera colectiva afecta especialmente a las personas neurodivergentes, y en particular, a las mujeres autistas. Con demasiada frecuencia, muchas de ellas crecen sin un nombre para su forma de sentir el mundo. Y, no sin consecuencias.
El autismo femenino: una vida en modo camuflaje
Las mujeres autista suelen desarrollar desde muy pequeñas estrategias para adaptarse a un entorno que no las entiende. Son niñas que imitan, que callan, que observan y se esfuerzan por no «molestar». Con el tiempo, ese esfuerzo sostenido pasa factura: ansiedad, depresión, problemas de identidad, fatiga crónica, trastornos de alimentación, desregulación emocional o síntomas disociativos que muchas veces se confunden con trastornos de personalidad o trauma.
Tal como muestra el trabajo de Copati (2023), muchas mujeres autistas son diagnosticadas en la edad adulta, después de años de peregrinaje por consultas psicológicas o psiquiátricas. El diagnóstico llega tarde, cuando el daño ya está hecho. Pero también puede ser el comienzo de un proceso de reparación.
Cuando el entorno daña: trauma complejo y autismo
Las personas autistas —y especialmente quienes no han sido reconocidas ni acompañadas adecuadamente— están más expuestas a vivir experiencias traumáticas. Según Núñez Valdivia (2025), los eventos de violencia (como el bullying, el abuso emocional o el acoso escolar) tienen un impacto especialmente severo en el neurodesarrollo, afectando la estructura cerebral, la regulación emocional y la percepción del yo.
En la infancia, el trauma no siempre viene de una situación excepcional. A veces es la suma de muchas pequeñas heridas: sentir que no encajas, que te excluyen, que te juzgan por ser diferente. En este sentido, el entorno puede convertirse en un factor de riesgo que cronifica el sufrimiento.
La victimización en niñas autistas, especialmente en contextos escolares, puede dejar huellas que se expresan en forma de síntomas depresivos, ansiedad social, retraimiento o incluso conductas autoagresivas. Pero también en alexitimia postraumática: la dificultad para identificar y expresar lo que se siente, un rasgo común tanto en EA como en personas con trauma complejo.
Trauma o autismo… ¿o ambos?
Una de las grandes dificultades clínicas actuales es diferenciar entre los síntomas propios del autismo y aquellos que derivan de experiencias traumáticas. Ambos pueden manifestarse con hipersensibilidad, desregulación emocional, conductas repetitivas, evitación social o mutismo selectivo.
No se trata de elegir entre uno u otro. Es posible —y común— que convivan ambos perfiles. De hecho, muchas mujeres autistas han vivido su vida desde el trauma relacional: relaciones inseguras, negligencia emocional, rupturas constantes de la seguridad afectiva.
Reconocer esta intersección es clave para ofrecer una intervención ética, efectiva y centrada en la persona.
Una mirada integradora y respetuosa
Como profesionales de la salud mental, no podemos abordar el autismo desde una mirada medicalizadora ni el trauma desde un enfoque individualista. Necesitamos integrar ambas dimensiones y escuchar las historias personales, los cuerpos, las relaciones.
Frente a una mujer que llega a consulta con un historial de ansiedad, depresión o despersonalización, vale la pena preguntarse:
¿Y si su historia no es solo un “trastorno”? ¿Y si es una forma de supervivencia frente a un mundo que nunca le ofreció un lugar seguro?
¿Qué podemos hacer?
Promover diagnósticos sensibles al género y al trauma. La evaluación debe contemplar el enmascaramiento, la historia relacional y los contextos de opresión.
Escuchar sin juzgar. Muchas mujeres han aprendido a no confiar ni en sus emociones ni en quienes las rodean. Nuestra labor comienza por validar.
Intervenir desde lo relacional. Las estrategias terapéuticas más efectivas son aquellas que ofrecen seguridad, coherencia y vínculo.
Difundir información. El conocimiento salva. Hablar de autismo femenino y trauma complejo es una forma de romper el silencio.
El diagnóstico no es una etiqueta, sino una brújula. No cura el pasado, pero puede iluminar el camino hacia una vida más habitable. Como terapeuta especializada en trauma complejo y neurodivergencias, mi objetivo es acompañar ese proceso con respeto, escucha y compromiso con la singularidad de cada persona.
¿Te ha resonado este artículo? ¿Te preguntas si podrías estar en el espectro o si tu malestar tiene que ver con experiencias pasadas no resueltas?